Prohibido Suicidarse en Primavera.
La primavera siempre había resultado desagradable, sin lugar a dudas. Lo que traía aparejado era despreciable y molesto. Sin embargo, hace tiempo ya, no era tanto como es ahora. No me malinterpreten, la primavera siempre fue una complicación: reacciones alérgicas, desordenes hormonales, la necesidad de desabrigarse y la incomoda consecuencia de mostrarse un poco más. El sol que amenazaba con dejar marcas en la piel del rostro, el término de los procesos académicos que siempre requerían más esfuerzo y dedicación, la exigencia de tus amigos por realizar más actividades. La advertencia, burlándose de ti, de que el verano se acerca y con él el calor exuberante.
Sin más vueltas, la primavera siempre ha sido un desastre natural condenado a la repetición, cada año pasando por lo mismo, inevitablemente hasta el fin del sistema solar y los movimientos astrales. Los seres humanos crecen sabiendo todo lo anterior y sus consecuencias. Era de cierta forma, una parte de la vida que no quedaba más que aceptar y ser feliz con eso. Ella, a quien dedico estas líneas, hace casi tres años ya que tiene otra razón para odiar la primavera.
El sol brillante cayendo con gracia sobre el asfalto no hacía más que los recuerdos volvieran, recordándola en sus mejores días, viéndola tranquila con su traviesa sonrisa en los labios. Los lentes de sol que se venden en la calle sólo logran que se preguntara donde estarían los que ella que usaba con frecuencia. Las ropas de colores llamativos, le traían a la mente su polera naranja, que usó cuando, tomando sol, había terminado con un exagerado bronceado. Los locales de cerveza al aire libre le recordaban las fotografías con los amigos. Los días claros de primavera le revolvían el estomago con imágenes felices de cuando menos tiempo la tuvo cerca, por razones ya expuesta en el primer párrafo. El tiempo es escaso en esta temporada del año, indesperdiciable.
Era justamente el sol el mayor problema, como siempre había sido a estas alturas de los ciclos climáticos. El sol hacía que le ardieran los ojos hasta el llanto, aunque ya nunca más sería sólo por problemas netamente físicos. El sol de primavera… el sol de primavera era ella hecha naturaleza, ese brillo cegador que lograba iluminar hasta el último rincón escondido en la superficie terrestre.
Recordar la felicidad de la luz y del nacimiento de nuevas formas de vida, dolía. Dolía porque justamente el recordarla significaba que ya no la tendría, la felicidad del brillo del sol de primavera se había acabado.
Cuando por fin la primavera estaba llegando a su fin -¡por fin!- reconocía que lo único peor de que la primavera empezase era que terminase. El sol cargándose del calor idiotizador de mentes cuerdas, que potenciaba el dolor y la falta de racionalización. Cuando las nuevas maravillas de la naturaleza ya se hacían costumbre y no impresionaban a nadie, el parrón con sus uvas inmaduras colgando con poco amor…en ese momento recordaba porque la primavera merecía todo su desprecio. Provocaba cosas que no eran naturales, ya que si una estación te provoca ese retorcijón en las entrañas, el hervir de los ojos y una falla en el proceso de respiración podría ser clasificado como poco normal, pero habían alergias que provocaban eso. Lo que no se entendía es como podría ésta romperte el corazón, y obligarte a sentirlo mientras los pedazos van siendo arrancados. Te vuelves distante para esconderlo.
Prometes nunca más fallar de esa forma, nunca más dejarte vencer por una estupidez como los quehaceres de la primavera. Y desde entonces, has prohibido el suicidio en primavera para todo el que te rodea.
