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Luadica
Nací. Aún no muero.
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Saturday, November 03, 2007

Hace unos meses un alguien me aconsejo que hiciera esto, así que muchas gracias a él.

Discurso pa’ la Finá Peláh:

No tengo más que ustedes para discutir las causas, ni para inventarlas. Todos podemos creer cosas distintas esta vez y quizá sean todas ciertas de cierto modo, aunque ninguna como nosotros podamos sentirlas. Lo que si podemos hablar hoy es de los recuerdos, de las cosas con las que nos quedarnos y de que de vez en cuando nos sentiremos abrumados por un sentimiento de culpa, de rabia o de frustración. Sea como sea, estamos todos juntos en esto, a pesar de que no quiera compartir el dolor con la gran mayoría de ustedes.

No me siento con autoridad para alegar que mi sentimiento es más grande que el de ustedes, y ni siquiera me siento con la autoridad de declarar que siento dolor y es por eso de que no dejaré que me abracen ni me miren cuando sufro, pero esta vez desistiré en que al menos lean lo que pienso de este incidente en nuestras vidas, y en la de ella.

El otro día leí un comentario acertadísimo de lo que somos los suicidas, ya que nos definía como, de ninguna manera sólo como los que realmente han cometido suicidio, si no más bien de quienes están toda su vida pensando en ello, y que muchas veces es de allí de donde sacamos todas nuestra fuerzas. Cuando una situación se presagia demasiado funesta, demasiado fatídica como para aguantarla o como para enfrentarse a los demás, siempre sentimos cerca a esta puerta abierta, a esta posibilidad de acabar todo en una sola vez y entregarnos a un dulce olvido que no merecemos realmente. Esto, muchas veces, es lo que nos da coraje para vivir de verdad, porque por cualquier inconveniente que nos amenace, tenemos la posibilidad de pasar por la puerta. Aún que claro, muchos de los suicidas nunca llegan a suicidarse. La es idea aterradora… los momentos preliminares, el coraje que en realidad no tenemos. Suicidarse es de valientes, pero eso lo entendí después de varios años. De valientes y de egoístas, por supuesto, y para bien o para mal, yo no soy ninguna de las dos cosas.

Quizá muchos de ustedes se sientan identificados con lo que leí, pero no deben perder de vista, que así como ustedes se encuentran en estas frases, medio mundo también lo hace, esto no nos hace únicos, nos hace del peor montón. Y además, nos hace los peores amigos de quien nos convoca por estos días.

Este año ella me ha echo más daño que cualquier otro ser que haya vivido alguna vez, y aún no puedo agradecérselo. Ese daño que me hizo aún no termina, y probablemente pasará mucho tiempo más hasta que acabe, pero mientras lo hace la idea que se supone que tengo que seguir es la de aprender, y no dejar que esto me vuelva a pasar. Cada vez que un amigo, o cualquiera en realidad, esta mal o con pequeños tintes negativos me espero lo peor, sueño con que me despiertan en la noche con un nuevo suicidio, y cuando el teléfono suena los domingos por la tarde, más ahora que los climas están similares a ese día, me quedo quieta, esperando a que la Suh de repente suelte un gritito semiahogado y haya que partir llamando e informando por msn lo que pasó. O peor aún, tener que llamar a la familia de ese alguien para saber que esta pasando. Aunque, quien sabe, quizá algún día se me pasen estos pensamientos por la mente acertadamente, y esta vez si pueda evitar alguna ridiculez tan perturbarte.

Cuando surge el tema en alguna reunión (nunca por mucho tiempo) me miran como si yo fuese la más afectada del lugar (cosa que nunca sabremos si es cierto), alertados por la idea de que de pronto comenzaré a gritar y patalear en lágrimas (cosa que ha pasado). No me agrada mucho, pero tampoco me molesta tanto, después de todo, a muchos les he fomentado la idea de que con ese tema me vuelvo cristal.

Ayer conocí a una curaguilla por ahí (¡para variar un poco!) que me contó que su amigo se había muerto hace poco, y que su pololo lo cagaba con otra mina. Aparte de haberle robado más cigarros a mi mamá que yo (¡mentira!) nos trató lo mejor que alguien en su condición puede hacerlo, pero su historia, las canciones mamonas que habían de fondo, y unas chelas que me había tomado en la tarde lograron el efecto de que yo quisiera pararme e irme de allí en ese mismo momento, porque tampoco compartiría mi dolor con esos personajes. No podía irme de allí, pero eso no fue suficiente para que unas lágrimas no se asomaran y para que unos versos no pasaran en mi cabeza, tan enamoradizos que nunca escribiría. Me dolió otra vez, fue como desinfectar con alcohol puro una herida, sólo que mientras jugaba a que no lloraría ni gritaría por el escozor.

No me parece que todo lo que escribí les vaya a gustar por completo, pero les queda el consuelo de que a mi tampoco me agrada. Debería contarles muchas más cosas que no quiero y que no leerán, pero sería parte de la terapia. Mi consuelo, eso sí, es haberme quedado con un pedacito de cierta persona, y también es un consuelo de que sólo fuera un pedacito nada más.

Hoy deseo a un cuerpo bienintencionado que me abrace mientras duermo, que pueda darle un beso en la mano antes de ponerme en off por la noche, ya media envinada y feliz. Me gustaría, por esta vez, estar feliz de quedarme dormida y de esperar al día siguiente.


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